Puede sonar un poco extraño el título de hoy, pero no se trata de la cuadratura del círculo.

Estamos habituados a relacionar el ejercicio físico con el sistema nervioso o con el sistema inmune por separado (existe una bibliografía extensa que lo avala), pero no es tan habitual relacionar entre sí los tres.

Lejos de ser un órgano dedicado a la gestión de lo intelectual y por tanto lejano de lo físico, nuestro cerebro, tiene una estrecha función de control y gestión de la actividad física que realizamos. Y además de ello recibe, en sentido inverso, una retroalimentación del ejercicio físico realizado.

Algo similar ocurre con nuestro sistema inmune, no sólo encargado de defendernos de las agresiones externas, sino estrechamente vinculado con los efectos nocivos y/o beneficiosos que sobre él, tiene la actividad física.

Y si cerebro y sistema inmune se relacionan entre sí en muchos aspectos, ¿cuándo entra en juego la actividad física, esa relación será igual o distinta?

Papel de la actividad física en todo esto

Nada es estático en nuestro organismo. Todo es dinámico. Y si de lo que hablamos es de dinamismo, ¿qué más dinámico que la actividad física?

Precisamente son los estímulos, múltiples, que genera la actividad física, los que generan dos reacciones en nuestro organismo: respuestas y adaptaciones.

Efectivamente ante la actividad física, nuestro organismo, mejor dicho nuestro órganos (entre ellos cerebro y sistema inmune) responden con una serie de modificaciones. Es quizá uno de los aspectos más conocidos por el público en general, ya que todos somos capaces de apreciar como se acelera el pulso, sudamos, respiramos con mayor frecuencia, y un largo etcétera de respuestas. Estas son importantes, pero adquieren un mayor interés las otras reacciones de nuestro organismo ante la actividad física: las adaptaciones.

Estas adaptaciones son la forma en la que nuestro organismo (nuestros órganos), modifican su comportamiento a largo plazo, ante los estímulos de la actividad física. Si nos adaptamos, mejoramos nuestra condición física. Si no nos adaptamos, podemos llegar a situaciones de fatiga crónica.

Por separado, muchos de los lectores conocerán adaptaciones del cerebro a a actividad física. Esto generalmente se traducen en una mayor relación entre las neuronas cerebrales, y por tanto, una mayor capacidad de elegir. EN realidad estamos ante un aprendizaje de nuestras neuronas, que aprenden a relacionarse más entre ellas.

Algo similar ocurre con el sistema inmune. Se acepta que mientras que el ejercicio moderado conduce a una mejora del las funciones del sistema inmune, como mecanismo de adaptación. Sin embargo el ejercicio agudo o muy intenso, puede conducir a un respuesta inflamatoria con activación o inhibición de las funciones de determinadas células del mismo.

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¿Cómo se adapta el cerebro?

Como acabamos de decir, el exceso de estrés físico (pero también mental) relacionado con la actividad física intensa, hace que nuestro sistema inmune trabaje peor.

Pero no debemos atribuir siempre al estrés un carácter negativo. Todo depende de su intensidad, lo que llamamos el nivel de estrés. Así como un cierto nivel de estrés nos ayuda a mejorar, el exceso de estrés ejerce un efecto de fatiga central sobre nuestro cerebro, y un efecto depresor del sistema inmune.

Afortunadamente nuestro cerebro (como ya hemos dicho), es capaz de adaptarse se los estímulos repetidos de estrés (tanto físico como psíquico), de forma que reacciona con un nivel de estrés menor ante los mismos. Esto en parte se debe, en la actividad física, a que ésta nos permite descargar tensiones, desconectar de los problemas y fijar nuestra atención en aspectos positivos, como alcanzar una meta, o meramente sentirnos bien. Sí, nuestro cerebro aprende a economizar energías, automatizando los movimientos de los gestos específicos de la actividad física practicada. Ello, de forma indirecta, permite una menor concentración del cerebro en la realización de las tareas.

Pero no queda todo en lo puramente psicológico, sino que los mecanismos de respuesta de nuestro organismo al ejercicio físico, comportan al aparición de sustancias químicas en nuestro organismo, que regulan muchas funciones, y que en ocasiones puede generar sensación de bienestar, e incluso reducción de la sensación de dolor. Estamos hablando de las tan conocidas endorfinas, de la dopamina o incluso serotonina (que ayuda a regular el sueño y los estados de ánimo).

Entonces ¿qué punto de conexión tienen?

Quizás lo que relacione más directamente al cerebro y al sistema inmune, con la actividad física, es la elevada necesidad desde el punto de vista energético que tienen ambos. Y a la ora de practicar actividad física intensa ello tiene su importancia, ya las necesidades de dos órganos vitales como estos, pueden interponerse con las que cualquier otro órgano corporal.

Por desagracia, cuanto necesitamos conocimiento sobre algunos aspectos de nuestro organismo,en relación con la actividad física, debemos recurrir a la experimentación con animales. Parece lógico que no podemos analizar determinadas células en nuestro cerebro “in vivo” y sin técnicas invasivas.

Por eso lo que sabemos es que, en experimentos realizados en ratones, claro está, la actividad física intensa disminuye el número de microglía y monocitos, dos células del sistema inmune, en el cerebro. Las primeras trabajan a nivel local en el cerebro, mientras que los monocitos se encuentran distribuidos por todo el organismo. Estas células tienen como misión limpiar el cerebro de agentes infecciosos y células dañadas. Si tenemos en cuenta que el envejecimiento normal, se acompaña de un aumento de la microglía y monocitos en la corteza cerebral, estamos indirectamente reconociendo un posible efecto beneficioso del ejercicio físico sobre el cerebro y su envejecimiento, y relacionado con el sistema inmune.

Además sabemos que un grado de inflamación crónica (como consecuencia de una alteración de sistema inmune) se relaciona con mayor riesgo de muerte prematura por diversas enfermedades (entre ellas las cerebrovasculares). Es reconocido el papel de la actividad física regular en la regulación de la respuesta del sistema inmune. Por tanto la actividad física regular moderada, contribuye a la reducción del riesgo de muerte prematura en este tipo de enfermedades, a través de los mecanismos de adaptación del sistema inmune que regula la inflamación crónica.

Y sabemos que la actividad física regular, contribuye a la regulación del sistema inmune, por el menor número de infecciones que padecen las personas que la practican.

Sin profundizar mucho, la actividad física regular ejerce una acción antiinflamatoria ya que provoca la liberación de citocinas antiinflamatorias. Además favorece la producción de hormona de crecimiento que, a su vez, estimula la secreción de la IL-12 que facilita la activación de las células inmunocompetentes.

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¿Y el ejercicio extenuante?

Este es el mayor problema.

El ejercicio muy intenso, sin un control especializado y sin un entrenamiento adecuado, puede ser perjudicial, ya que el exceso de estrés estimula la producción de ACTH y glucocorticoides por la corteza de la glándula suprarrenal. Estas sustancias tienen un marcado efecto bloqueante del sistema inmune.

Además, por otra vía, el ejercicio extenuante produce un aumento en la liberación de catecolaminas (adrenalina y noradrelina), lo que también deprime la función inmunitaria.

Es por esto, que el ejercicio físico extenuante no sólo no tiene las ventajas de la actividad física regular para el cerebro y el sistema inmune, sino que se asocia a veces con mayor número de infecciones, y quedará por establecer si condicionará un mayor envejecimiento cerebral.

Conclusiones

Actividad física moderada y regular => adaptación en forma de mejora del sistema inmune y la función cerebral

Ejercicio extenuante => depresión del sistema inmune y fatiga del sistema nervioso central

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